lunes, 7 de julio de 2014

Lluarca

Llobu del arca


No se recuerda cuánto hace, pero era todavía la villa que hoy llamamos Luarca un pueblo pequeño, levantado en los meandros que formaba la desembocadura de un río. Sus habitantes se dedicaban a la pesca fundamentalmente y vivían de forma sencilla.

Por eso, aquella tarde quedaron todos mudos de asombro y temor cuando vieron cómo un extraño artefacto más grande que cualquiera de los barcos que ellos pudieran tener y con un montón de velas de todo tipo, se acercaba al puerto y atracaba.

Del extraño navío desembarcó un personaje ataviado con ropas sueltas y un enorme turbante. Se acercaron al extraño personaje y se quedaron perplejos nuevamente ya que éste, que era un infiel, reclamaba la presencia de un sacerdote.

Cuando llegó el requerido sacerdote, deliberó durante unos minutos con el extranjero y enseguida se vio una gran actividad en el puente de la embarcación y dos oscuros personajes con unos taparrabos por toda prenda, comenzaron a desembarcar una gran arca remachada con lustrosos herrajes; se acercaron al sacerdote y con gran respeto y reverencia hicieron entrega de la misma;  después de unas palabras de despedida el extraño visitante y sus siervos volvieron a su nave y se hicieron a la mar.

Allí estaba el arca y todos la miraban con algo de recelo y con cierta veneración que no se acababan de explicar. Al momento, unos aullidos cercanos sacaron a todo el mundo de su estupor para dejarlos nuevamente asombrados: una manada de lobos, al frente de la cual iba el más grande de todos cuantos habían visto en las montañas, se acercaba al puerto. Con un respeto impropio de tan salvajes criaturas, los lobos rodearon el arca y el más grande, en actitud inequívoca de sometimiento, se postró ante ella y la veneró.

Una vez que se fueron los lobos, el sacerdote organizó el traslado del arca a la basílica de San Salvador en Oviedo, hasta donde sería custodiada para su estudio y posterior veneración.
En recuerdo de aquel Lobo del Arca (Llobu del Arca), que tanta santidad supo reconocer, el pequeño pueblo se llamó desde entonces Luarca (Lluarca).

No se recuerda cuánto hace, pero era todavía la villa que hoy llamamos Luarca un pueblo pequeño, levantado en los meandros que formaba la desembocadura de un río. Sus habitantes se dedicaban a la pesca fundamentalmente y vivían de forma sencilla.

Por eso, aquella tarde quedaron todos mudos de asombro y temor cuando vieron cómo un extraño artefacto más grande que cualquiera de los barcos que ellos pudieran tener y con un montón de velas de todo tipo, se acercaba al puerto y atracaba.

Del extraño navío desembarcó un personaje ataviado con ropas sueltas y un enorme turbante. Se acercaron al extraño personaje y se quedaron perplejos nuevamente ya que éste, que era un infiel, reclamaba la presencia de un sacerdote.

Cuando llegó el requerido sacerdote, deliberó durante unos minutos con el extranjero y enseguida se vio una gran actividad en el puente de la embarcación y dos oscuros personajes con unos taparrabos por toda prenda, comenzaron a desembarcar una gran arca remachada con lustrosos herrajes; se acercaron al sacerdote y con gran respeto y reverencia hicieron entrega de la misma; después de unas palabras de despedida el extraño visitante y sus siervos volvieron a su nave y se hicieron a la mar.

Allí estaba el arca y todos la miraban con algo de recelo y con cierta veneración que no se acababan de explicar. Al momento, unos aullidos cercanos sacaron a todo el mundo de su estupor para dejarlos nuevamente asombrados: una manada de lobos, al frente de la cual iba el más grande de todos cuanto habían visto en las montañas vecinas, se acercaba al puerto. Con un respeto impropio de tan salvajes criaturas, los lobos rodearon el arca y el más grande, en actitud inequívoca de sometimiento, se postró ante ella y la veneró.

Una vez que se fueron los lobos, el sacerdote organizó el traslado del arca a la basílica de San Salvador en Oviedo, hasta donde sería custodiada para su estudio y posterior veneración.

En recuerdo de aquel Lobo del Arca (Llobu del Arca), que tanta santidad supo reconocer, el pequeño pueblo se llamó desde entonces Luarca (Lluarca).LA LEYENDA DEL LOBO DEL ARCA O EL LLOBU DEL ARCA (LLUARCA)

No se recuerda cuánto hace, pero era todavía la villa que hoy llamamos Luarca un pueblo pequeño, levantado en los meandros que formaba la desembocadura de un río. Sus habitantes se dedicaban a la pesca fundamentalmente y vivían de forma sencilla.

Por eso, aquella tarde quedaron todos mudos de asombro y temor cuando vieron cómo un extraño artefacto más grande que cualquiera de los barcos que ellos pudieran tener y con un montón de velas de todo tipo, se acercaba al puerto y atracaba.

Del extraño navío desembarcó un personaje ataviado con ropas sueltas y un enorme turbante. Se acercaron al extraño personaje y se quedaron perplejos nuevamente ya que éste, que era un infiel, reclamaba la presencia de un sacerdote.

Cuando llegó el requerido sacerdote, deliberó durante unos minutos con el extranjero y enseguida se vio una gran actividad en el puente de la embarcación y dos oscuros personajes con unos taparrabos por toda prenda, comenzaron a desembarcar una gran arca remachada con lustrosos herrajes; se acercaron al sacerdote y con gran respeto y reverencia hicieron entrega de la misma; después de unas palabras de despedida el extraño visitante y sus siervos volvieron a su nave y se hicieron a la mar.

Allí estaba el arca y todos la miraban con algo de recelo y con cierta veneración que no se acababan de explicar. Al momento, unos aullidos cercanos sacaron a todo el mundo de su estupor para dejarlos nuevamente asombrados: una manada de lobos, al frente de la cual iba el más grande de todos cuanto habían visto en las montañas vecinas, se acercaba al puerto. Con un respeto impropio de tan salvajes criaturas, los lobos rodearon el arca y el más grande, en actitud inequívoca de sometimiento, se postró ante ella y la veneró.

Una vez que se fueron los lobos, el sacerdote organizó el traslado del arca a la basílica de San Salvador en Oviedo, hasta donde sería custodiada para su estudio y posterior veneración.

En recuerdo de aquel Lobo del Arca (Llobu del Arca), que tanta santidad supo reconocer, el pequeño pueblo se llamó desde entonces Luarca (Lluarca).

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